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13 de julio de 2009

Historias de Don Boyero: Acta de Defunción

Ya les hablé de las casualidades y de lo que pienso de ellas. Hoy les quiero contar acerca de una sorprendente. Hace un par de semanas, llegó a mis manos un documento que data del año 1881 (un año antes del que alude la famosa bebida), y que fue rescatado, vaya a saber por quién, del archivo del partido de La Matanza, Buenos Aires, recién en 1999. La gran casualidad es que llegó por partida doble, con diferencia de un par de minutos, desde dos fuentes distintas.Se trata de un acta de defunción que me acercaron, el mismo día y casi a la misma hora, por vías separadas, mi amiga Sonia Boe (por correo electrónico) y don Dardo Aníbal Tissera (por correo tradicional).

El acta es tan pequeña como sustanciosa y fue encontrada en la foja 98 del libro número dos, del año 1881 en el archivo de la Municipalidad de la Matanza. Transcribirla tal cual, aun con errores de ortografía, sintaxis, gramaticales y de expresión, es una obligación moral y un deber para con mis lectores. Aquí les va:

“El infrascripto, Eusebio Rodríguez, Alcalde, certifico que don Manuel Chico, que muerto lo tengo de cuerpo presente, tapao con un poncho al parecer reyuno, le sorprendió la muerte al salir del baile de Don Rufino ‘El Catalán’, de la quebrada de Doña Pepa, lugar muy conocido y de pública voz y fama en el pago. Interrogao el cadáver por tercera vez, y no habiendo el infrascripto obtenido respuesta categórica alguna, resuelve darle sepultura en el campo de los desaparecidos, conforme cuadra su circunstancia física de que certifico. Nota: hago constar que el finao era muy amante de la bebida y muy dado a las galanterías amorosas, por cuya circunstancia tenía una cicatriz en la quijada izquierda producido por un cucharón de grasa caliente que le arrojó al rostro de la cara (sic) la hija de la parda Nicolasa, no se sabe por qué zafaduría. Vale”.

Después de esta maravilla, no debería decir más nada, pero, además de que me queda espacio, me salgo de la vaina por hacer algunas consideraciones. Note usted que hay ciertas incoherencias que destacan por su peso. Por un lado, el alcalde Eusebio Rodríguez, utiliza con mucho acierto el término “infrascripto”, cuyo significado para la Real Academia Española es “que firma al fin de un escrito”. Por esto, uno piensa que el documento tendrá cierta normalidad y hasta paquetería, pero se arruina a la segunda línea con el “que muerto lo tengo de cuerpo presente”, y el “tapao” a continuación.

En cuanto a “reyuno”, el diccionario explica: “Se decía del caballo que pertenecía al Estado y que como señal llevaba cortada la mitad de la oreja derecha”.

Más adelante se puede encontrar el fantástico “interrogao” y un “finao” que va muy a tono con el lunfardo que se hablaba por esos años en los barrios porteños.

Ahora, si la triple interrogación que no obtiene respuesta categórica alguna no tiene desperdicio, menos el comentario final, con detalles casi conventilleros. Debe haber sido linda la hija de la parda Nicolasa, y lo digo ahora, a salvo por estar a más de un siglo de que sus virtudes le hayan valido al pobre Manuel Chico la desgracia de sufrir un cucharonazo de grasa caliente en el rostro.

Feliz coincidencia, señores, la de este hallazgo documental que me acercaron el mismo día y casi a la misma hora Doña Boe y Don Tissera. -

Jorge Londero: "Acta de Defunción", en: Historias de Don Boyero. Publicado el 1 de julio de 2009, en el diario La Voz del Interior.

Para ver el blog de las Historias de Don Boyero, visiten:
http://weblogs.lavozdelinterior.net/forms/frmBlog.aspx?WbId=158

De todos modos, en mi blog voy a seguir publicando sus historias, en especial las que no están publicadas en el blog antes citado. En mi archivo tengo una colección de hace muchísimos años, imperdible!

Un poquito de música: Los Fronterizos, "Mi burrito cordobés" (autor: Gerardo López)

4 de abril de 2009

Los inmortales de Alpa Corral


Alpa Corral es un paraíso, inmejorable en otoño. En esa época del año, por las mañanas, el viento frío se involucra con los cerros o baja a la cañada para silbar una canción llena de recuerdos. El eco contiene años de lamentos, restos de gritos audaces, gemidos de algún amor correspondido y hasta el vaho de un aliento nocturno con toques de vino.

En ese revoltijo de sonidos que arrastra la brisa, los cascos de los caballos de los ranqueles se confunden con el ruido de las tropas de Santos Guayama o con el grito de alegría y libertad de Martín López, desertor de las tropas de Peñaloza que se atrevió a vivir en una cueva del cerro Montoso y hasta tuvo allí a su pareja y algún que otro hijo.

Cuentan que esa cuerva era un refugio que entraba en la montaña unos 100 metros y que hasta tenía una salida alternativa. Dicen que la mujer de López era una india o una criolla que trajo de San Luis y que el día en que parió a su primer hijo (tal vez el único) necesitó la ayuda de una partera. El desertor se coló entonces en el pueblo y secuestró a la primera señora que encontró, para llevarla con los ojos vendados hasta donde la parturienta. La leyenda agrega que la improvisada partera cumplió con creces la tarea de asistir a la madre y por ello fue devuelta a su casa sin un rasguño. Hasta hoy se dice que, durante meses, esta vecina recibió regales sorpresa que aparecían misteriosamente en la puerta de su morada, lo que hace pensar en posibles gestos de agradecimiento del desertor.

Las intenciones de las mujeres de la época se confundían por entonces. Existía el rumor de que las cautivas de los ranqueles la pasaban muy bien, que los indios eran muy cariñosos y que conocían técnicas amatorias que elevaban a las damas hasta el séptimo cielo. Con esas versiones, no eran pocas las féminas que solían descuidarse y andaban solas por los montes y por el río, por si algún malón pasaba por allí y les cambiaba la suerte. Entre ellas bien pueden haber estado las hijas de Wenceslao Claro, allá por 1860 y pico.

Cuentan que estas tres mujercitas habrían decidido optar por la tentación de ser secuestradas por la indiada pero que, antes de dejarse llevar, se querían asegurar un buen futuro si les tocaba volver “recuperadas”. Para ello, juntaron todo lo que tenían de valor, entre alhajas y platería, lo metieron en un baúl de los que trajeron de Europa, lo cargaron en un carro y a la medianoche marcharon hacia los cerros para enterrarlo. Hicieron el operativo en una noche casi sin luna, no se veían ni las manos. El resultado fue lógico, al otro día no tenían ni la menor idea de dónde habían enterrado el tesoro.

Desesperadas, suspendieron la idea de dejarse llevar por los indios, antes querían encontrar su baúl. Hasta que sus conocidos tienen memoria, se la pasaron haciendo agujeros y no se las llevó ningún indio.

Otra mujer inolvidable en los recuerdos de las sierras del sur fue doña Hipólita, la abuela de Alpa Corral, como la conocían. Muy distinta a la mayoría de sus pares, ella no soñaba con irse con los indios; era amante del orden y la limpieza, no hubiera tolerado vivir en un campamento de los ranqueles.

Un día estuvo muy cerca de convertirse en cautiva, pero el mozo semidesnudo que pretendió llevarla ligó un sartenazo tan efectivo en la frente que optó por soltarla. Me imagino que el tipo habrá pensado: “Para qué llevar una por la fuerza si la mayoría son dóciles y se entregan solas”.

Bueno, lo cierto es que la mujer se quedó por decisión propia y, con los años, cuando ya no había malones, se convirtió en la más experimentada de la región.

Cerca de donde vivía esta anciana, en el viejo puesto de don Robustiano Vilchez, ubicado sobre el río San Bartolomé, floreció una mañana una calavera vaya a saber de qué muerto mal enterrado por esos pagos. La encontraron los Bracamonte y no se atrevieron a tocarla, por temor a la maldición de Martín López.

Paso a explicar. Decían que este desertor, del que ya hablamos, al derramar su sangre en esas tierras, antes de morir, juró volver para vengarse, y estos vecinos encontraron en esa osamenta un posible retorno del célebre muerto.

Ulises D´Andrea y Beatriz Nores, recopiladores de historias, mitos y leyendas de la región, rescatan que era esa la calavera la que fue acusada de emitir espantosas quejas que comenzaban con la puesta del sol y se extendían hasta bien entrada la noche.

Debe haber sido nomás, porque en una velada de luna llena, cuando los extraños lamentos se escuchaban con eco y todo, doña Hipólita salió de su rancho y a los gritos intentó alistar a cualquier valiente que se ofreciera para resolver el caso:

-¡Es que nadie va a callar a ese condenado esqueleto! –protestó tres veces.

Al no obtener respuesta, se procuró una pala, cruzó el río, se arremangó, cavó una fosa, metió allí los huesos, los tapó a pisotones y se volvió a dormir.

Las tenebrosas quejas no se escucharon nunca más.

Enya: The river sings



Jorge Londero, "Las historias de Don Boyero", en: La Voz del Interior (s.d.)


9 de marzo de 2009

Casamiento por conveniencia

Hidalgo Nordia decía en su libreta de enrolamiento, pero desde pequeño que nadie lo llamaba así. Por su largo cuello, su vientre hinchado y sus patas flacas y largas, todos en el pueblo lo conocían por “Suri”, que quiere decir ñandú, en quichua.

Pocas veces vi un apodo tan bien puesto. El cristiano en cuestión no sólo parecía un ñandú sino que, bien me hizo notar el observador Alberto Cuerda, también actuaba como ese emplumado animal.

Cobarde como el que más, “Suri” andaba siempre atento, los ojos bien abiertos, para escapar de los bares ante la primera discusión. Era veloz para la corrida y, por su escasa inteligencia, los parroquianos le encontraban otros parecidos con el “avestruz”, específicamente en lo que al contenido del un nido se refiere, lo que dejo a la entera imaginación del lector.

Pero por lo de miedoso fue, seguro, que llegó a viejo soltero, solo y con cierta fortuna, si es que fortuna se le puede llamar a media docena de hectáreas al sur de Ojo de Agua y algunos animales que heredó de sus padres y de su único hermano, el “Chirri”, que quiere decir zorrino y que tampoco se casó, más por oloroso que por falta de atributos.

“Chirri” murió a los 41 años, aparentemente por una infección derivada de su falta de higiene personal, según dijo doña Chaira, la curandera del lugar. Lo enterraron sin velarlo por el avanzado estado de descomposición en que ya se encontraba.

Así, con el deceso de su hermano, “Suri” se quedó con todo el patrimonio familiar y en sus años de soledad logró también elevar la altura de su colchón con algunos ahorros que le ablandaban los sueños.

Como muchos en la región, a los 70 años ya parecía un esqueleto caminando. Su porte de ñandú mudó a una especie desnutrida de pollo desplumado.

“Si hacemos una sopa con el Suri no come ni un canario”, se lamentaba piadosamente de su estado doña Anselma, su vecina de en frente.

Así y todo, el anciano se convirtió en un objetivo para el inescrupuloso Matías Saravia.
Resulta que un viejito en ese estado, a punto de morir, sin herederos y con una considerable riqueza, en comparación con el resto de los habitantes del pago, era todo un potentado, una tentación irresistible.

Allí estaba para la misión la bella Candelaria, hija menor de Matías, niña que acababa de cumplir los 15 años y que sólo necesitaba sonreír a un kilómetro de distancia para enamorar a cualquiera.

-Vaya m´hijita, vaya nomás y vea si se me casa con dos “Suri” –le encargó Saravia sin empachos ni vergüenza a su pequeña niña.

¿Negarse al mandado? Impensable, Saravia era capaz de matar a un hijo que no le correspondiera con obediencia absoluta.

Así fue como una tarde la Candelaria rumbeó para el rancho de “Suri” con la idea de acomodarse arriba del colchón y terminar quedándose con lo que había abajo.

No le sería tan fácil. De entrada, el anciano no se fijó en la belleza femenina sino en su ternura infantil. La trató siempre como a una nieta, le convidaba dulces y fruta y le contaba cuentos. Si el hombre no avanzaba, la niña no podía hacer mucho.

Corrían los meses y no pasaba nada:

-¡Se nos va a morir el viejo y vos no vas a poder engancharlo! –le recriminaba Saravia a su hija.
-No puedo hacer más papá, si no se casó hasta ahora es porque no debe estar en sus planes –contestaba Candelaria.

El cristiano no le daba vuelta la cara de una cachetada porque la quería preservar bella en aras de su vil empresa.

Con la llegada del invierno y esa tos tan rara de “Suri”, Saravia decidió apurar el trámite y acudió a lo de doña Chaira en procura de un gualicho de esos infalibles.

Cuando la curandera, y también bruja, se anotició de la pareja que Matías quería formar, se negó “rotundamente”, por lo que el inescrupuloso individuo tuvo que ofrecerle la mitad de la fortuna del anciano si lograba que su hija se casara con él.

El gualicho, consistente en unas gotitas que debían echarle al mate de “Suri” durante una semana entera, funcionó a la perfección. El codiciado anciano se enamoró perdidamente y se casó de inmediato, pero no con Candelaria, sino con la mismísima bruja Chaira, que había enfocado para su beneficio los efectos del elixir suministrado vía bombilla.

El “Suri” no pasó ese invierno, y el pueblo que antes tenía un solo rico ahora tenía una sola rica.
Saravia no esperó a que termine el velorio para reclamar su “mitad” a la bruja.

-¿Qué mitad? –le cuestionó doña Chaira- ¡el arreglo era si el viejo se casaba con su hija!
-Pero yo tuve la idea. Y por eso, o me da la mitad o le quemo el rancho –amenazó Matías.
-Si usted se acerca a mi casa, yo lo convierto en lechuza –retrucó ella.

Con semejante bruja, imaginan bien, el tipo no se animó a reclamar nunca más esos merecidos derechos de autor.

Como me decía siempre el preso Ansar, “las malas ideas no se reparten ni se comparten”.

Autor: Jorge Londero. “Las historias de Don Boyero”.